Alguna vez dijo el siervo Job que la vida del hombre es una milicia sobre la tierra.
¿Era necesario que lo dijera? Lo cierto es que el hombre, mientras habite este mundo, estará condenado a la tarea inexorable de vivir; y no es fácil, si tenemos en cuenta que, dentro del reino animal, el hombre es el más frágil e indefenso de todos. A los pocos meses de nacer, cualquier animal puede valerse por sí mismo, mientras el hombre necesita de años. En toda su infancia es un desvalido absoluto; y en el transcurso de su niñez, también experimenta el hombre otro período largo de dependencia; aunque poco a poco empiece a afianzarse su capacidad de razonamiento, la conciencia de su individualidad le permitirá dimensionar el principio de su grandeza como criatura: es uno y es otro; pero ese reconocimiento de alteridad, llega acompañado de una sensación infame, que muchos no desearían nunca: es la sensación de insuficiencia, cuando descubre que, sólo, es nadie y que estando acompañado, es persona.
Aquí en este punto es donde radica el problema de la existencia terrenal del hombre, que llega a definirse como de gran insatisfacción. El hombre es un eterno insatisfecho, y todas las filosofías que tocan el fenómeno existencial de esta maravillosa criatura, terminarán por reconocer que el hombre en sí es una criatura incompleta; y en la medida que él tome conciencia de su individualidad, empezará a sentir el problema de la otredad, como un sentimiento de extrañeza que le asalta, al descubrirse diferente e incompleto.
